lunes, 1 de julio de 2013

La revolución de las bicicletas




Ustedes de seguro han escuchado la polka intitulada “Las Bicicletas”, y la asocian con el porfirismo. Tienen razón.

Las bicicletas y la modernidad mexicana de fines del siglo XIX y principios del XX van de la mano.  Fue un furor del que participé, orgulloso.

“De todas las modas que han llegado de París y Nueva York,
hay una sin igual, que llama la atención.
…Son bicicletas que transitan de Plateros a Colón,
y por ellas he olvidado mi caballo y mi albardón…”

Una terrible "boneshaker" de 1868
Claro está que las bicicletas llegaron a México antes que don Porfirio. Durante el imperio llegaron las “sacudehuesos”. A mí ya no me tocó ver esos vehículos más que como antiguallas. Un pariente en León me hizo subirme a ella en mi adolescencia. He de decirles que el apelativo de “sacudehuesos” era correcto. Salí triturado de un paseo de menos de un kilómetro (y dos caídas).

Por ahí de 1880 llegaron las de tipo ordinario, las de ruedota delantera,  que ustedes, equivocadamente, consideran como típicas porfirianas y se les denomina velocípedos.

Yo ya vivía en la capital y me hice prestar de una. Mi idea era pasearme coquetón frente a las damas de mi vecindario. Así lo hice un par de ocasiones; en una de esas, por voltear hacia las muchachas no me fijé en un bache y salí volando por delante del manubrio.

Mi velocípedo, aún en mi cochera
Es como si ustedes están ligando en la plaza de su pueblo y les cae una cagarruta de paloma. O peor.

Al tercer trastazo ya estaba curado de espantos. Después de haber entendido, avant la lettre, que ser ciclista es ser un aprendiz de suicida, logré dominar el aparato.  Todavía guardo en mi garaje aquella, mi primera bici, el velocípedo.

¿Por qué?, se preguntarán ustedes. En primer lugar, porque la jaca de hierro, por ser inerte, me parecía más manejable que un caballo (más de una vez, desde la infancia, fui expulsado por los equinos, esos animales nerviosos que domina sólo la gente del campo), pero me gustó sobre todo por la enorme sensación de velocidad que yo sentía, porque yo controlaba esa velocidad.

En 1879 se inventó la cadena de la bicicleta, pero aquí tardó casi una década en llegar a México.

A principios de los 90 (de los 1890s) llegaron las bicicletas “seguras”, con ruedas del mismo tamaño y llantas cargadas de aire. Además ya no eran un lujo exclusivo de catrines. Costaban 150 pesos, que son como 15 mil de ahora. Tuvieron un auge fenomenal.

Las bicis eran caras porque la técnica metalmecánica para hacerlas era avanzada para la época. Recordemos que los hermanos Wright eran mecánicos de bicis.

La palabreja todavía no se había inventado: pero andar en bicicleta era una manera globalizada de ser, era pertenecer al mundo moderno. Tener una bicicleta era ingresar al mundo de la tecnología (como tener una computadora hace dos décadas).

Mi extraordinario Gladiator 1895
Yo me compré una Gladiator, francesa (por supuesto que importada, aquí no fabricaban). Con ella, uno andaba a todo dar por la ciudad. Desgraciadamente, por ahí de 1900 me la robaron. Por eso no me gusta tanto la película esa de “Ladrones de bicicletas”.

También me inscribí al Cycling Union Club, de don Federico Trigueros. Hacíamos paseos del Caballito a Chapultepec, por Paseo de la Reforma. Creo que hoy les llaman ciclotones. No hay nada nuevo bajo el sol. He de confesar que me hice el occiso con las cuotas.

Quienes sí pagaron al club, financiaron la construcción del Velódromo de La Piedad, que organizó varias carreras.

El cambio más relevante fue que las bicicletas les encantaron a las señoras y señoritas. Se las veía de a montón por las calles de la ciudad.

Según la feminista gringa Susan B. Anthony, “La mujer que tiene éxito en domar una bicicleta será capaz de domar y ser dueña de su vida”.  Agregaba la señora Anthony que “la bicicleta ha hecho más para emancipar a las mujeres que cualquier otra cosa”.

En México, la prensa al principio estaba dividida. Unos opinaban que la posición estimulaba a las mujeres y las conduciría a la histeria y peor. Otros, en cambio, alababan sus capacidades medicinales: curaba dispepsia, dolor de cabeza, los insomnios y las “impaciencias” de las señoras. Sobre todo las curaba del corset: las ciclistas iban con ropa más práctica, sobre todo con bloomers, a medio camino entre el pantalón y la falda.
Y si el marido dejaba andar en bici a la señora, lo acusaban de mandilón

De hecho, en una carrera en el velódromo de La Piedad,  algunas damas se arriesgaron a usar shorts (apenas por debajo de la rodilla), para escándalo de la sociedad bienpensante. Corría 1895.

En ese mismo año se estableció la ordenanza citadina que obligaba a los ciclistas a no usar las aceras, llevar una campanilla y una linterna (si era de noche). La bicicleta tenía ya su carta de ciudadanía.

Mis amigos bohemios no eran muy dados al sport, salvo Tablada –apasionado del box y el frontón-, les gustaba más la libación. Un día el encargado del Salón Bach me dijo: “Don Susano, ya no venga en bicicleta… cuando lo hace se regresa consciente a su casa”. Claro, una cosa es pedalear con unas cuantas copas encima, y otra es estamparse contra un árbol tras bicicletear completamente borracho.

Un literato fanático del ciclismo –y creo que por eso me llevé bien con él- era don Ángel del Campo, conocido en los medios como Micrós. Decía que la bici te permitía  andar por la calle sin tener que saludar a nadie, ni correr el riesgo de que alguien te pidiera prestado.

Micrós: “La bicicleta… liberta de las señoras que viendo el coche lleno, se suben con toda la cría y os fuerzan a ir parados”. La bici, escribió Micrós, era ideal para dar alcance a deudores morosos y huir de los charlistas que robaban el tiempo a lengua armada.

Pero no crean que todo era miel sobre hojuelas. Andar en bicicleta a fines del siglo XIX entrañaba graves peligros. El principal: el peladaje.

Del Campo lo dijo con exactitud y clarividencia: las bicicletas eran aborrecidas por “el bajo pueblo y su odio a todo lo nuevo”. Si uno pasaba por el oriente de la ciudad, era un suplicio. Te silbaban, te lanzaban cohetes, te azuzaban al perro.

En otras partes, a la bicicleta sólo la odiaban los cocheros, que dejaban ir la calandria o azuzaban los caballos… como hoy los automovilistas.

El otro enemigo, saliendo de las partes decentes de la ciudad, eran los caminos de herradura, impropios de un país civilizado.

Aún así, era común que varios amigos saliéramos en bicicleta hasta Churubusco o Nativitas, para hacer un pic-nic muy moderno.

Como buen sportsman, usaba bastante mi bicicleta, pero no solía cambiarla por una de modelo reciente, como los más catrines.

Sucede que la bicicleta fue el primer producto de producción masivo en el que se usó el método de “obsolescencia planificada”. La idea era crear mercancías estructuralmente duraderas, pero socialmente perecederas.Hacer desechable lo útil.

“Su bicicleta es de hace cinco años, señor Peñafiel”, me dijo una señora con bloomers del año.
“Y mis piernas de hace 36, pero todavía sirven”, respondí.

Pasaron los años, me robaron la bicicleta y sólo iba en jacas prestadas. Aparecieron los primeros automóviles en la ciudad…

Carrera ciclista femenina; Italia, 1900
En Europa, la bicicleta se asociaba con el movimiento socialista. La federación ciclista de trabajadores alemanes era la más grande del mundo. Aquí, ni socialismo, ni obreros en bicicleta. Las clases populares privilegiaban su rechazo a todo lo que oliera a moderno.

En 1910 inventaron en Italia los cambios de velocidad, pero no recuerdo la llegada de esas bicicletas a México; habrá sido por la edad, habrá sido por la Revolución.

Los ricos se fueron pasando a los automóviles; la bicicleta era de clases medias; ser ciclista –bien lo sabía Torri- fue un acto cada vez más aventurado.

Quienes seguían en su romance con la bicicleta eran las mujeres, en especial las más jóvenes. Pero vendría un cambio de mentalidad.

La Revolución la hicieron los de a caballo, se hizo a contrapelo de las ciudades. Su idea de modernidad era otra. El nacionalismo en boga veía con desconfianza toda la modernidad porfirista, porque estuvo acompañada de desigualdad. Las bicicletas eran parte de esa modernidad mal vista. La venganza del cuaco y el albardón.

Tan tardíamente como en 1917, López Velarde se quejaba: “Nos ayankamos a gran prisa, bajo la acción de lo feo…”. Y el poeta jerezano daba un ejemplo de lo feo: “Las señoritas que tripulan, masculinamente, la bicicleta”.

Habíamos retrocedido 25 años.

Con el tiempo, la bicicleta fue arrinconada como herramienta de trabajo para panaderos y periodiqueros, o mero juguete infantil.

De los “enjambres de bicicletas” que Tablada escribía admirado en su estancia por Oriente, pasamos al “pueblo bicicletero” con tono despectivo.

Lo moderno, lo rápido, lo que separaba al rico de la masa fue el automóvil. Más tarde, los automóviles fueron la masa.

Sólo ahora, cuando estamos ahogados en smog, la bici vuelve a ser apreciada, siendo que fue un invento muy noble desde su creación.

Aquí, la famosa polka "Las Bicicletas", de 1896, que celebra tal prodigio de modernidad. 








5 comentarios:

  1. Le agadezco sus escritos tan interesantes, gracias

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  2. Hola!! Me gustaría saber si tiene algunas fuentes bibliográficas sobre la historia de la bicicleta en México, ya que estoy haciendo trabajo de tesis acerca de eso. Gracias!

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  3. Encantador la narración, me encantó

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  4. :) Saludos! me encantó su entrada del blog. Para platicarle que la chica rubia de ojos claros de este vídeo es mi abuelita María del Carmen Ordóñez Ramírez :) (yo hice el vídeo, qué bueno que ha gustado.)

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